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Rumanía ha sufrido la explotación de un gran número de sus adolescentes y jóvenes en la industria del sexo; aunque ésta no sea la única cara del comercio con seres humanos, es la que más degrada a la persona y más la hiere en su dignidad de hija de Dios.

Nosotras, Carmelitas Misioneras, como mujeres y consagradas, por nuestra opción en favor de la justicia y de la mujer, no podemos eludir el compromiso contra la trata de mujeres, de niños y niñas. Es un problema mundial que nos interpela.

Esta misión se inicia en el 2004, cuando el problema de la trata de personas a nivel mundial y europeo era muy grande pero escondido. El primer paso lo dimos un grupo de religiosas, al participar en unos cursos de formación sobre este fenómeno mundial; luego nos pusimos en contacto con las congregaciones femeninas activas en el país, para que juntas hiciéramos un proyecto que evitara que esta plaga se extendiera. Desde entonces, hemos buscado colaborar con quienes trabajan a favor de las víctimas. El desafío de la presencia en medio de traficantes sin escrúpulos, organizados en redes, hace que nuestra presencia sea preventiva: en las escuelas, las parroquias, las organizaciones sociales, en la sanidad, y en la promoción de la espiritualidad, siempre podemos ayudar a prevenir el comercio con seres humanos. Es necesario formarse para aprender a detectar dónde y cómo se puede correr el riesgo de caer en manos de los traficantes. En Rumanía se ha dado, desde comienzos de los años 90, una gran corriente migratoria, sobre todo a los países del occidente europeo.


Emigrar es siempre una posibilidad legítima de toda persona que busca mejores condiciones de vida para ella y para su familia, pero conlleva muchos peligros y riesgos si se hace de cualquier manera. Acudir a “mafiosos” para que realicen los documentos necesarios, incluso falsos, o para que transporten sin pasar por los controles de la policía, o para llegar a un país extranjero sin un contrato “auténtico y justo” en las manos; estas prácticas llevan a miles de personas, cada año, a caer en manos de mercaderes que las explotan en condiciones infrahumanas, hasta el momento en el cual para ellos, ya son inservibles. Luego, a muchos, les espera la muerte.

Las escuelas o las parroquias, en muchas ocasiones, a través del contacto directo con los niños y jóvenes, logran saber si éstos están deseosos de marcharse al extranjero y en qué condiciones. ¡Qué importante es aprovechar ese momento para informarles de manera realista y sugerente de los peligros del tráfico de personas!

La industria del sexo es la que más degrada a la persona y más la hiere en su dignidad de hija de Dios.

Ésta constituye la labor principal del grupo de religiosas de Rumanía que nos llamamos “Por la Dignidad de la Mujer” (Pro Demnitatea Femeii): visitar los institutos de secundaria y las facultades, las parroquias y otros grupos de jóvenes y, de manera interactiva, planteamos el problema de la trata de personas y sus consecuencias. La contribución de nuestra comunidad a este apostolado está siendo determinante.

Otra manera de ayudar a enfrentar este grave problema, es enfocándolo desde la ASISTENCIA Y LA AYUDA DIRECTA A LAS VÍCTIMAS que han logrado salir de la pesadilla de la explotación. En nuestro caso, hemos ayudado a unas cuantas chicas con su documentación, y las hemos acompañado en el primer choque con la realidad de su país, al volver a él, después de un periodo de recuperación con la colaboración de Cáritas o con congregaciones religiosas del lugar donde han sido explotadas. Estamos a punto de poner en marcha un piso de acogida para este tipo de chicas.

El impacto social y el cambio que deseamos se produzca en la concientización de la sociedad civil, la Iglesia o autoridades religiosas y gobiernos de los países, evidentemente no es inmediato ni en los niveles que quisiéramos; por desgracia, hay muchos intereses económicos en juego, porque para ellos explotar a las personas obligándolas a prostituirse, a trabajar en el campo o en la construcción, a pedir por las calles, a robar bolsos, a falsificar tarjetas de crédito, etc, es muy rentable. Este negocio genera riquezas que están cercanas a las que acarrea el tráfico de armas y el de estupefacientes, pero con menores riesgos y gastos. Por eso, una parte importante de nuestro trabajo consiste en sensibilizar en el seno de la Iglesia a religiosos y religiosas, sacerdotes y seminaristas, agentes de pastoral para que se unan a nuestro empeño. Cualquier joven y adulto bien informado y formado puede llegar a ser, en su ambiente, un “agente de prevención de la trata de personas”. Nosotras, Carmelitas Misioneras, como mujeres y consagradas, por nuestra opción a favor de la justicia y de la mujer, no podemos eludir el compromiso contra la trata de mujeres, de niños y niñas. Es un problema mundial que nos interpela.

Raquel Díaz, cm en Rumanía

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