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En torno a la justicia


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La palabra justicia podemos escucharla casi en todos los labios, desde los más pequeños hasta los más grandes. Toda la naturaleza grita justicia. Pero, ¿qué significa esto verdaderamente para la mujer africana en general? África se caracteriza por la diversidad de culturas y riquezas naturales. Cada cultura tiene su particularidad, y en ella la mujer ocupa un lugar importante. No se puede hablar de justicia ejercida en relación a la mujer, sin situarla en su contexto histórico, social, cultural, y familiar.


La sociedad tradicional africana considera a la mujer como portadora de vida, madre nutricia, esposa, sirvienta, en general la mujer es la que se ocupa de la limpieza, de la familia y de la educación de los hijos. A menudo su papel encarna muchos valores. Como esposa tiene el cuidado del hogar, la educación de los hijos, su cuidado y alimentación.


Es también la compañera, la consejera para su esposo y para los jóvenes casados, la comadrona por su experiencia. Además es ella la que se ocupa de las plantaciones, de los trabajos de casa y de proveer los alimentos necesarios para la familia. En ciertas culturas, cuando es mayor, forma parte del grupo de los sabios de la tribu y ocupa un asiento entre los hombres para decidir los asuntos de interés común. La mujer africana encarna en ella el coraje, la perseverancia, la alegría, la esperanza, la docilidad y a veces hasta el espíritu de sumisión y la paciencia en los momentos de sufrimiento.


Una fuerza interior la anima y le concede voluntad y espíritu de sacrificio por amor y por fidelidad hasta el final de sus días con el objetivo de proteger y salvar la paz, la unidad y la vida de su familia.

¿Por qué ha sido hasta ahora tratada injustamente, con tanto desprecio, con tanta injusticia?

Cuando Dios creó el mundo creó al hombre a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creo. En efecto ¿qué es lo que caracteriza la injusticia hacia la mujer? A pesar de la entrega de toda su persona, muchas mujeres en general y las mujeres africanas en particular sufren la injusticia de parte de los hombres, de la sociedad, de las culturas y costumbres. Aun siendo jóvenes o niñas, están expuestas a toda suerte de injusticias, algunas no tendrán jamás la suerte de ir a la escuela, solo por el hecho de haber nacido de sexo femenino; otras porque no son rentables para la sociedad o para la familia.


Están expuestas a trabajos forzados, son maltratadas, apaleadas, violadas, violentadas e incluso tienen que quedarse en silencio ante el sufrimiento de sus propios hijos. Hay situaciones que desgarran sus corazones pero que a menudo tienen que esconderlos para salvar la buena imagen de su matrimonio. Este último punto no se da solo en la sociedad tradicional, sino también en la moderna. Hoy en África algunas mujeres no tienen miedo de pronunciarse incluso en el campo político, es el caso de Ellena Johnson que ha llegado a ser la presidenta de Liberia y de muchas otras mujeres ministras en diversos países, no se contentan solamente con tener un salario, sino que quieren promover el bienestar de la familia y de toda la sociedad.


A pesar de todo esto estamos firmes en la esperanza.



Es en el corazón de esta necesidad urgente que el Señor invita a la Carmelita Misionera a dar testimonio de Él. No se trata de dar de comer a una mujer que tiene hambre o a su hijo, sino antes, y sobre todo, de estar con ella en su soledad, en la necesidad que tiene de escucha, como una compañía que la comprende, la acepta como ella es, con sus alegrías y con sus miserias, sin juzgarla. Se trata de hacerle descubrir el derecho que tiene a vivir, a amar, a construir su vida, a ser amada. Educarla en estos valores la hace capaz de transmitirlos a los demás.



El futuro de tus hijos, de tu pueblo está en tus manos. Si te quedas pasiva no habrás cumplido tu papel de esposa, madre, compañera y sierva del Señor.

 

 

 

 

 

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